domingo, 19 de marzo de 2017

Quién me mandará... (Desventuras de una corredora novata)

Hará cosa de un mes comencé a correr y, a día de hoy, mi cuerpo está como si le hubieran caído diez años encima. Voy a contaros el proceso de mi deterioro sin escamotear ningún detalle, por muy escabroso que sea. Me recomendaron que lo mejor para cuidar mi salud, tanto física como emocional, era practicar regularmente algo de ejercicio aeróbico, lo que los asiduos al gimnasio llaman familiarmente ‘cardio’. Yo ya cultivaba la buena costumbre de caminar cada día entre 45 y 60 minutos al ‘estilo Rajoy’, para contrarrestar la cantidad de tiempo que paso sentada frente al ordenador durante toda la jornada. Pero parece ser que ese esfuerzo diario no puede considerarse efectivo hasta que no supera los 90 minutos. Así que me dejé convencer, traspasé la línea y di el salto al running. Todo sea por la salud, pensé. 

Mi cuñado, fisioterapeuta, deportista y conocedor de estos temas, me recomendó que comenzara poco a poco, haciendo tres series en las que alternara cinco minutos corriendo y tres de recuperación caminando. Y es lo que hice. Los primeros cinco minutos de carrera se me hicieron eternos. Me pesaban las piernas y el culo, sentía palpitar las venas del cuello y mucho calor en la cara, lo que me anunciaba que ya empezaba a ponerme roja como un tomate, algo que me ocurre inevitablemente cuando hago algo de ejercicio, me congestiono y da la sensación de que en cualquier momento mi cabeza va a explotar. Retomar la carrera tras la primera recuperación se me hizo muy trabajoso, pero resistí como una jabata. Cuando terminé las tres series me sentí una campeona. La satisfacción de haber conseguido el reto me hizo venirme arriba y al día siguiente repetí. Siempre corría por una zona de campo, frente a casa, y a una hora temprana, para no cruzarme con mucha gente y así ahorrarles a los viandantes la visión de mis carnes temblonas embutidas en unas mallas y mi cara colorada. 

Después de la primera semana pensé que ya estaba preparada para aumentar el tiempo de carrera. Así que subí a 7 minutos. No me costó un esfuerzo excesivo, por lo que mantuve la rutina un par de días. Pero mi ambición me decía que probara a olvidarme del reloj y que un día intentara correr hasta que me cansara, sin cronometrar el tiempo. La tentación me arrastró hasta alcanzar 20 minutos seguidos sin parar. Os podéis imaginar la euforia. Los días siguientes hice lo mismo, nada de reloj, y fui subiendo, 21, 22, 23 y así hasta llegar a los 30 minutos. ¡Media hora corriendo sin parar! Y no solo por terreno llano, sino también en cuesta. ‘A ver si estaba descubriendo a estas alturas de mi vida que había nacido para maratoniana y no me había enterado por vaga y timorata’, me dije sorprendida. Y es que yo siempre había presumido de no correr porque había oído que el impacto de las extremidades sobre el suelo dañaba las articulaciones y provocaba lesiones en las rodillas, por eso era preferible caminar a paso ligero. Tampoco entendía a los que sometían a su cuerpo al sacrificio de completar una larga y exigente carrera para pagarlo luego en forma de lipotimias, desidratación y vómitos al llegar a la meta. Pero ahí estaba yo, olvidándome de mis prejuicios y jugando con fuego.

Los últimos días, hasta el sábado pasado, llegué a correr 4 kilómetros en 33 minutos, vale, sí, a trote cochinero, pero a diario y sin dificultad, salvo ligeras molestias en las rodillas al inicio de la carrera que desaparecían en cuanto entraba en calor. Pero ese día, hace una semana, terminé de correr con dolor, sobre todo en una de ellas, en la zona interior, bajo la rótula. Y desde entonces no he podido volver a hacerlo. Diagnóstico según internet y otros ‘seudoentendidos’: Pata de ganso

La culpa la tienen varios factores, aunque el principal soy yo misma, que lo he hecho mal, fatal, ¡como el culo! Parece ser que para una buena técnica las zapatillas son fundamentales. Porque -ay, amigos- uno no puede ponerse a correr con cualquier calzado, aunque veáis entrenar descalzos por la sabana a los africanos que ganan los maratones. Por lo visto primero tienes que saber si eres pronador o supinador, adaptar la zapatilla a tu pisada y trotar sobre una amortiguación adecuada. Y yo me lancé a la aventura con mis pies planos embutidos en las mismas zapatillas monísimas que me ponía para dar mis paseos, a juego con mi ropa de sport. 

Después es primordial estirar, algo que a mí se me olvidaba. La mitad de las veces no me venía bien, me trastocaba mi plan del día; tirarme un tiempo antes calentando y después de la carrera adoptando posturas imposibles para recordarles a mis músculos de lo que eran capaces, me impedía hacer otras cosas que tenía pendientes. 

También resulta de suma utilidad tener bien desarrollada la musculatura de las extremidades, en particular el cuádriceps, que es el músculo del muslo que sujeta la rodilla, para evitar que la pobre se desvíe y sufra con cada una de las zancadas, como ha sido el caso. 

Y el último de los factores que ha desencadenado esta situación ha sido la velocidad, no la que alcanzaba en mis trotes cada mañana que, como ya os he dicho, era más bien discreta, sino la que imprimí a mis entrenamientos y que me llevó en cuestión de tres semanas a pasar de no haber corrido en la vida a hacerlo a diario e incluso barajar la opción de participar en alguna carrera popular, eso sí, solidaria. 

Me dicen que la edad (muy cuarentona) y el peso (menos ligera de lo que desearía) no son factores decisivos, pero sospecho que algún papel han jugado también en este ‘pequeño contratiempo’. El caso es que la fabulosa sensación de darle vidilla a mi cuerpo, a mi corazón y a mi mente a base de trote me ha durado bien poco y -cruzo los dedos- espero poder volver a experimentarla algún día, no a mucho tardar. De momento, imposible. Tendré que conformarme con seguir nadando. Lo que más me fastidia es que antes de ponerme a correr mis piernas eran mi mayor tesoro y, aunque se ha demostrado que mis cuádriceps no son lo que se dice columnas dóricas, tenía unas articulaciones que eran la envidia del barrio. Ahora me duelen las rodillas incluso al caminar. Por no hablar de cuando las doblo para agacharme. Y no puedo evitar pensar: ‘Maldito running, quién me mandará…’.

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